No estoy preparado para morir.
Ayer pensaba en eso: en la muerte.
Le comentaba a la mujer de mi vida, Cynthia Huguet, que sólo he conocido a una persona que haya conocido a tres tatarabuelos y tenga dos.
¿Quién? Mi hijo.
La abuelita de mi suegra tuvo a la abuela de mi esposa muy joven.
La bisabuela de mi hijo tuvo muy joven a mamá de mi mujer.
Mi suegra tuvo a la mamá de mi hijo muy joven.
Cynthia y yo tuvimos a nuestro niño cuando aún éramos niños.
Yo sólo conocí a mis abuelos que murieron cuando no tenía más de 10 años.
Tengo pocos, muy pocos recuerdos de ellos.
Así de botepronto, recuerdo de la mamá de mi mamá sus huevos revueltos con jamón, insuperables. Mi madre "me invitaba" a quedarme con mi abuelita Lupita que siempre tuvo miedo de que me hiciera pipí en sus impecables sábanas.
De su esposo, osea el papá de mi mamá, me viene a la mente el juego de pelota en casa de mis papás, se la lanzaba y me la regresaba. Un día me quemó con su cigarro. Lloré y me prometió que desde ese día "lo dejaba". Jamás cumplió.
De mi abuelo paterno tengo muy pocos recuerdos, poquísimos. Una vez apostamos $5 pesos a un partido de futbol. Gané y no me quería pagar o no lo hacía para hacerme repelar. Siempre que lo saludaba me apretaba las manos. Cuenta mi padre que algún día le dijo "este niño es como yo". Lejos, muy lejos de igualarlo.
De mi abuelita Jose -sin acento- sólo recuerdo el día de su muerte. Mi padre me cargaba mientras ambos llorábamos. No sé por qué lloraba porque no tengo algún recuerdo claro, pero debe haber sido por ver el dolor en los ojos de mis tíos y de mi papá. El hombre duro también llora, pensé.
Mis abuelos maternos murieron de un infarto. Los paternos de cáncer.
¿Cómo moriré yo?
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